El estilo y otros epitafios

Ruta: Periodismo

Roberto García
La Nación / Revista Dominical, 16 de mayo de 1993

A la manera del fútbol—mi afición incorregible—, me bastó hacer la jugada de pared con don Sergio Román, para extraer de su lucidez algunas reflexiones sobre el estilo literario y periodístico, ámbitos que él investiga. Es decir, solo fui interlocutor en la relación de estos conceptos, deslizados en medio de distraídas y cómplices tazas de café en varios encuentros con él de enero a marzo de 1993.

Profesor de un grupo de jóvenes periodistas y publicistas costarricenses, Sergio Román Armendáriz, colaborador de la Página 15 de La Nación, busca el poder de la imagen en sus textos. A modo de resumen, trasladamos a los lectores aspectos medulares de cuatro charlas sostenidas con este ecuatoriano, escritor y guionista cinematográfico, que radica en Costa Rica desde hace 31 años.

— Mire, he decidido declararme muerto. En tal condición, una entrevista es imposible.

(La respuesta fue lapidaria. A pesar de ello, insistimos.)

— ¿Por qué "muerto", don Sergio?

— Tal vez la única manera de encontrar un espacio para ordenar las cosas que en vida no le permiten a uno.

— ¿Hace cuánto murió?

(Sonríe).

— Quiero ordenar papeles, bocetos, reflexiones, porque a la vuelta del tiempo resulta que ellos también lo tienen a uno.

"Se trata de una técnica para limpiar vivencias y tanta basura que los años y los desengaños depositan en los corazones. Es una forma de defensa, un mecanismo para ordenarnos. A propósito, escribir es ordenar y entretejer el uno, dos y tres de un asunto."

— Más que un orden, a veces uno percibe un desorden en sus artículos. ¿No le parece?

— Cuando hablo de escritura pienso en la pantalla audiovisual. Nadie puede ignorar el impacto del cine y la televisión. Palabra e imagen se interinfluyen. Investigar esta mutua complementación, abrir sin miedo esta ventana, podría ayudar a modernizar el estilo del periodismo. Yo no escribo artículos; dibujo viñetas o preguiones que a veces pueden dar la impresión de estar incompletos porque les falta el amor de la proyección en la pantalla.

— ¿Cuándo empezó a publicar en La Nación?

—En abril de 1985, el día 11. En estos años, la Página 15 me ha hecho el favor de difundir casi un centenar de cuartillas y permitirme cierta experimentación estilística.

— Usted, con frecuencia, menciona el estilo. ¿Podría precisar el concepto?

— Me parece que el estilo es una manera de sentir la frase, domesticarla o hacerla estallar, impulsarla y frenarla; es una manera de respiración del texto, a veces con giros largos y otras con una secuencia de pausas y giros breves. Las ideas necesitan apoyos sensoriales, pinceladas narrativas. A ese contar... uno, dos, tres... que mencioné antes, habría que añadir el había una vez, o sea, el contar o hacer un boceto de una historia. La combinación de estas velocidades diversas genera ritmo y curiosidad, mecanismos indispensables para la comunicación. Por eso, por exigencias del oficio, la formación del periodista moderno debe incluir un conjunto de reflexiones sistemáticas y ejercicios progresivos acerca del estilo.

— ¿Cómo?

— Observar los detalles sociales y sensoriales de la vida cotidiana, interiorizar el proceso para potenciar el tratamiento de las actualidades, las opciones de la ficción, la lógica del documental. Y, por supuesto! escribir y confrontar, con cierto desenfado' periodismo, literatura y autocrítica. O, por lo menos, intentarlo.

— ¿A qué detalles se refiere usted?

— Me refiero a aquellos primerísimos planos inevitables ya en un mundo que goza o padece la revolución audiovisual; primerísimos planos de los elementos que integran la vida cotidiana. Desde el hilo de agua que resbala entre los dedos, por ejemplo, cuando nos lavamos las manos. O la lluvia que corre junto al borde de las aceras mientras va arrastrando los barquitos de papel de la memoria. El agua tiene una temperatura y una forma. Pero tiene, también, vocación de servicio o gravedad de inundación. El agua es un recurso del desarrollo sostenible, una demanda en la lucha por la calidad de la vida, un asunto ecológico y político.

"Ahora, piense usted en aquel vaso con agua que en El color púrpura, de Spielberg, acelera la progresión dramática de la secuencia. Desde la magnificación de esos detalles hasta la lectura social o conjunto de datos estadísticos y perfil de actualidades, corre un profundo discurso cotidiano que el periodista debe tratar de interiorizar constantemente para fortalecer su capacidad de expresión. Se trata de una gimnasia creativa. Uno entiende y acepta que el cuerpo necesita ejercicios pero se resiste a aceptar que la creatividad también necesita ejercitarse."

— En este proceso, ¿qué papel juega la teoría?

- Un papel secundario. Creo que los principios teóricos deben fluir de ejemplos examinados y prácticas analizadas en pequeños grupos dinámicos. No al revés. La teoría es necesaria pero secundaria. Así intenté orientar mis cursos en la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica. Asimismo, el profesional puede y debe continuar afinando sus destrezas, solo o por medio de talleres libres e intensivos.

— Usted busca un tratamiento propio para sus asuntos. ¿De dónde proceden sus influencias?

— Busco, de acuerdo con la naturaleza de cada asunto. Aunque soy un mal alumno, he deseado aprender la síntesis de Azorín y Borges y el asombro de Kavafis pero, en particular, he querido aprender la interacción de los sentidos que fluye en el capítulo 20 de la primera parte del Quijote. Pero, le repito, soy un mal alumno... Ahhh, la antigua saudade de mi barrio guayaquileño, allá, en el sur, y el cine popular —no el intelectual— me acompaña y aconsejan...

— ¿Hay otros aspectos que definan el estilo?

— Hay otros aspectos en esta batalla estilística. Es útil el enfoque o punto de vista desde el cual cada uno presenta y va iluminando su tema. Vale la pena frecuentar las artes próximas sin abandonar las experiencias de la vida cotidiana. Literatura y música modulan una línea principal y otras complementarias que se entretejen mientras sus elementos juegan a la gallina ciega de las recurrencias y las variaciones. El desafío consiste en buscar la organicidad del conjunto.

— ¿Y el material básico de la escritura, las palabras...?

— Bueno, según los especialistas, el material básico está constituido por sueños y frustraciones, esperanzas y miedos. Las" palabras serían solo el material visible. Pero, intentemos contestar su pregunta. De las palabras, me gusta la cacería de la precisión y ambigüedad del vocablo. Montalvo en el Ecuador, Martí en Cuba y Mariátegui en el Perú armonizaron estilo e ideología. Nuestra América, de Martí, me parece vertebral, sobre todo hoy, cuando la penetración extracultural casi nos está borrando del mapa. En Martí, la verdad y la belleza son una sola cosa.

"Pero, volvamos a la precisión. No se trata de una precisión erudita sino de una correspondencia del matiz del sinónimo con los otros elementos del texto. En Costa Rica, Joaquín Gutiérrez, en el primer capítulo de su novela Te acordás, hermano, revela con gracia, dentro del juego narrativo, este aspecto. La palabra exacta debe sostener y sustentar, también, la claridad del pensamiento, la sanidad mental, la filosofía de una cultura. Pero, además, este es un valle de lágrimas, un tránsito. Y nuestras palabras hacen trampas, se resisten, rozan la ambigüedad. Al igual que el amor. Es el riesgo."

— ¿Algo más?

— Sí. Permítame visualizar el escenario siguiente: Cuando das a luz un texto aunque sea humilde o, incluso, defectuoso, ese trabajo te consume, porque los minutos invertidos no tienen tiempo de reposición como en el fútbol. Pero, nunca es tiempo perdido pues, aunque pocos aprecien tu labor en un mundo preocupado mayoritaria-mente por otras tareas o excitaciones, el trabajo de escribir te va consumiendo pero de alguna manera secreta también te va modificando. En la modificación paulatina e íntima de tu persona yo encuentro, además de la proyección evidente del periodismo, la clave de tu compromiso individual y la función social de la palabra escrita.

— ¿Qué le importa, a un "muerto", la función social de la palabra?

— Hummm... Bueno, en el Lazarillo, el ciego le promete a su guía avisos para vivir. Tal vez, en el reino de la ficción, "un muerto" pueda ensayar avisos para sobrevivir. ¿No le parece?

— ¿Algún proyecto pendiente?

— Un taller propio, quizá... un viaje largo...