Estampa "DOS": Conservatorio Castella

Ruta: Teatro: Casi memorias de un espectador de teatro en CR

Estas notas dictadas a vuelapluma son sólo eso, apuntes, bosquejos y quizá en ciertos momentos, divagaciones de alguien que alguna vez se aventuró en el escenario pero que la mayoría de las veces ha estado cómodo en su escritorio de profesor o en su butaca de aficionado.

Por eso, Sergio sólo se considera un disfrutador de ceremonias y espectáculos, un teatrófilo. Jamás, un especialista. Menos, un historiador.

DE CÓMO CONOCÍ A DON ARNOLDO HERRERA. Y DE CÓMO SOBREVIVÍ LA ACTIVIDAD ESCÉNICA EN EL CONSERVATORIO CASTELLA (1963)

Cuando se podía caminar por las noches sin el asedio de los chapulines o sin el peligro de un mal paso causado por las aceras despedazadas, y mientras medíamos la avenida central de arriba abajo a pasos filosóficos, Stoyan Vladich me lo dijo a mí o yo se lo dije a él, algo parecido a esto:

"Un latinoamericano que nunca haya dado clases en el Castella, no es un latinoamericano, es un extraterrestre".

Sabido es que por razones políticas o personales o, como decía un amigo chileno, en Guayaquil, por "pata’e perros", compañeras y compañeros del sur abandonamos países y familias, rumbo a México para acabar anclados en la paz costarricense. Y nos quedamos diez, veinte, treinta años y, para seguir con la metáfora del perro, nos quedamos tanto tiempo que, al final, una vez que hemos demostrado no ser personas peligrosas ni de malas costumbres, nos admiten hasta el extremo de que podemos seguir "ladrando echados" … ¡hasta que nos pensionen … o nos entierren!

Bueno, eso era antes, cuando no había tanta traba burocrática y el Conservatorio funcionaba allá en la Sabana Norte donde esta entidad educativa aún tiene su teatro, que los más ortodoxos quisieron llamar "Gruteacas", acrónimo curioso que encierra tres palabras: grupo, teatro, Castella. En verdad debe llamarse, o ya fue bautizado, no lo sé, con el nombre de su gestor y fundador. Era la época de don Arnoldo Herrera y la autonomía absoluta del Conservatorio. Era la época de nuestro Summerhill doméstico y su utopía educativa.

Podemos resumir la especificidad de esta institución como un magnífico sueño porque, a una juventud adversaria de la rutina, en un país dependiente, la provee de oportunidades académicas en las mañanas y de oportunidades artísticas en las tardes. Para la burguesía, eso no es rentable. Aceptan la excepción, no la regla.

Yo había oído hablar del Castella casi desde cuando llegué, pero hasta que el dinerillo se me fue terminando y los zapatos empezaron a dar muestras de cansancio, fue entonces que me decidí a atravesar a pie la ciudad, pues yo vivía en la Uruca, para merodear los predios del colegio.

Era una tarde de lluvia (¡qué rareza!) y el bullicio ensordecedor proveniente de muchachos y muchachas aspirantes a dominar, a la vez, música, escultura y escena, y quién sabe cuántas cosas más, formaban un armónico escándalo superior a esa lluvia torrencial de un marzo de mil novecientos sesenta y tres … ¡después de Cristo!

Don Arnoldo me recibió sin mucha ceremonia y escuchó el discursito que de tanto repetirlo ya lo recitaba de corrido. De pronto, me interrumpe para decirme: "- Yo, a usted, le veo cara de teatrero". Quedé sin respiración porque en ese momento no supe si me estaba alabando o denigrando. Y antes de que salga del asombro, don Arnoldo subrayó que tenía un grupo sin profesor de teatro (era un tercer grado de primaria, ¡imagínense!) y él quería verme trabajar con ese grupo … ¡ya!
Unos veinte o treinta pasos separaban la oficina de la dirección, del aula del tercer grado. Nunca mi cerebro (presumo que lo tengo) ha trabajado con tanta velocidad como en ese clímax, porque la decisión era de un Hamlet criollo: "¡Comer, o no comer! Ése era el problema. "O la toma (se entiende la oportunidad de trabajar) o la deja (lo que significaba seguir en el desempleo)". Y mientras vacilante acompañaba a don Arnoldo al aula que hervía de gritos y salud, mi calculadora mental no pensaba en la plata que iba a ganar o perder, sino en lo que yo tendría que hacer para sobrevivir a esa correntada de energía proveniente de aquellos niños y niñas del tercer grado, durante los próximos sesenta minutos de mi vida.

Se abrió la puerta y se hizo el silencio. Don Arnoldo me presentó con pocas palabras, las indispensables, algo así dijo: " - Aquí está su profesor de teatro. Él es ecuatoriano, va a estar un año con nosotros (dijo un año, ya llevo 46).

Aprendan." Y se sentó.

Mientras tanto yo había decidido aplicar aquello de que la gravedad de una situación no se resuelve huyendo de ella, sino administrándole una dosis mayor de riesgo. Así, pues, decidí que la clase no la iba a dar yo, sino que la iban a dar esos niños y esas niñas de tanta creatividad. Los segmenté en sub-grupos y pedí voluntarios y voluntarias para coordinarlos y les propuse la imitación de un cuento clásico y, a la vez, la ruptura de ese molde inventando finales múltiples, por supuesto, diferentes del conocido y sustituyendo, cuando se pudiese, las palabras del texto con una riquísima gama de sonidos zoológicos que ya me había dado cuenta que ese conjunto dominaba a la perfección.
Transcurrida la hora y sin ninguna pausa, resucité en la oficina de don Arnoldo quien, sin referirse ni para bien ni para mal a la reciente, llamémosla, "clase", me dijo:

" – Espéreme para que me acompañe a visitar a unos amigos del Ministerio de Educación, y empezar a arreglarle sus papeles."

Vi la hora y pensé que ya nadie debía estar en las dependencias ministeriales pero, a la vez, acerté y me equivoqué. Acerté en cuanto a que los funcionarios no estaban en las oficinas pero me equivoqué en cuanto a que sí hubo reunión … en un bar cercano del cual salimos algunas horas después, todos muy amigos y muy contentos, y yo, sobre todo, con la seguridad de tener mi primer trabajo en CR.

(Así empezó un azaroso trámite que culminó en el Consejo Superior de Educación).

En la acera, a la salida del bar, un poquito antes de despedirnos, y ya a solas, don Arnoldo con esa natural intuición psicológica que le caracterizaba, me dijo que, posiblemente, yo no "andaba dinero". Así era. No tenía ni para el bus. Por eso había atravesado la ciudad a pie. Sin decir más, extrajo –no recuerdo de dónde- un billete y me lo dio. " - Cuando pueda, me lo devuelve. Lo espero mañana, en la tarde, para que continúe sus clases."

Ya solo, miré el billete. Era o me pareció inmenso en tamaño y al otro día me di cuenta que era inmenso, asimismo, en capacidad de compra cuando fui a pagar las deudas que tenía en la verdulería y en la pulpería y me compré un par de zapatos y muchos chunches e hice loco porque cincuenta colones, en 1963, era mucha plata. (Estuve tentado de escribir: "muuucha galleta").

Esa noche, no, esa madrugada llegué contento a la casa, por las cervezas y por el billete pero, nada es completo en la vida. Mi mujer estaba llorando porque creía que yo había sido víctima … "de un accidente ..." … ¡quién sabe de qué índole! Nunca lo aclaró. Ni yo tampoco.

En la tarde del otro día continué la faena en el Castella (no, Castela) y empecé a conocer, allí, a una generación maravillosa que no le tenía miedo a nada: Arabella Salaverry, Addy Sancho, Alejandro Herrera, Diriangén Rodríguez, Juan Fernando Cerdas, William Zúñiga y otros y otras cuyos nombres y rostros se me escapan, que enfrentaban la poesía, la danza, la actuación, los instrumentos músicos y todo lo imaginable y hasta lo no imaginable, con un optimismo y con una alegría envidiables, que esos nueve meses del Castella resultaron para mi espíritu melancólico, dolido aún por el exilio reciente, una verdadera terapia.

Con ese equipo y con esa disposición, realizamos la puesta de una adaptación libérrima de "Otra vez, el diablo" de Alejandro Casona, obra juvenil en el contexto de la guerra civil española, y otra de poesía coral con las jitanjáforas del cubanísimo Nicolás Guillén y el puertorriqueño Luis Palés Matos: "Calabó y bambú. Bambú y calabó. La gran cocoroca dice: " – To – co - t ó. El gran cocoroco dice: " – Tu – cu – tú. Es el sol de hierro que arde en Tombuctú. Es la danza negra de Fernando Po."

"Aún hay más" decía un presentador de la "tele" … pero ya estoy contagiado por el ritmo caribe. STOP. Hablaremos otro día. " - ¿Les parece?"

Sergio Román Armendáriz
Curridabat, San José, C.R., 25 de octubre del año 2008
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